El Cruce, Patagonia
2025 no fue solo un año,
fue El Cruce.
Y no por la distancia, ni por la montaña.
Sino por lo mental.
En el segundo día me lesioné fuerte la rodilla.
Dolor real. Incertidumbre real.
Ese punto donde el cuerpo empieza a dudar y la cabeza toma el control.
Ahí entendí algo:
la carrera ya no se corría con las piernas,
se corría con la historia que me estaba contando.
Hubo que parar.
Escuchar.
Rehabilitar el cuerpo, sí.
Pero sobre todo, rehabilitar las creencias.
Soltar la narrativa de "ya no puedo".
Cuestionar la de "esto no era el plan".
Dejar de pelear con el terreno y volver a confiar.
Paso a paso.
Kilómetro a kilómetro.
No desde la épica, sino desde la honestidad.
En este mismo año también hubo cimas.
El Pico de Orizaba.
Maratones.
Nuevas rutas.
Volver a Patagonia.
No como metas aisladas,
sino como pruebas de algo más profundo:
cuando la cabeza se ordena, el cuerpo acompaña.
2025 fue eso en muchos sentidos.
Cruzar dudas.
Sostener procesos.
Construir sin garantías.
Volver a ser principiante y confiar en el proceso.
Este carrusel no es un resumen de logros.
Es un recordatorio.
De que las creencias se entrenan.
De que las narrativas se eligen.
Y de que, incluso cuando algo se rompe a mitad del camino,
volver a creer también es una forma de avanzar.
Así se sintió mi 2025.
No como una meta.
Como una travesía.
Como una evolución.
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